

“(...) Y hoy el olvido me presta una hebra del pasado. Porque vuelvo enamorado ahondando viejas heridas, a preguntarle a la vida por ese niño olvidado.”
Nelson “Pindingo” Pereyra
Nuestra historia
Le pregunté al tío Milton por las fotos viejas que guardaba en el campo. En esas fotos estaban las casas grandes, las mismas que ahora son taperas en el mejor punto de Las Espinas. Esas casas viejas, altas, rodeadas de niños que hoy son abuelos, y de otros rostros familiares que nunca llegué a conocer. En casa, tenemos algunas fotos de esa época, pequeñas, en blanco y negro, como sellos postales. Ahora las miro con la abuela, tratando de ponerle nombre a las caras, a los lugares. No deja de sorprenderme verla jugando en ese patio, que más bien era un campo, donde ella creció. Sus ojos se iluminan cada vez que le pregunto por esos días, y supongo que, de alguna manera, eso compensa la nostalgia de ver en ruinas lo que fue su hogar. Sé que le gusta que le pregunte sobre aquellas épocas, y a mí me gusta escucharla, imaginarme viviendo algo similar algún día.
Cuando la harina escaseaba, hacían pan de boniato o zapallo. Antes del almuerzo siempre tomaban sopa. En las chacras cultivaban maíz, sandías, melones, porotos, papas. Vuelvo a preguntarle al tío Milton por las fotos. “Sí, las tengo. ¡Son muchas!”, me dice. Están en la misma caja de siempre, la que tenía cuando llegó a sus manos. Nadie sabe quién eligió esa caja, ni quién sacó la mayoría de las fotos. Nuestro linaje guarda secretos de mujeres y hombres que cruzaron océanos para formar una familia aquí. En esa caja floreada azul, cerrada con una cinta desgastada, hay fotos de tatarabuelas que datan de 1910. Nunca vi esas fotos, aunque mi madre me habló de ellas. El tío me cuenta que hace unas semanas, una lluvia le impidió salir a trabajar. Se quedó en casa sin saber qué hacer, y entonces recordó las fotos. Bajó la caja del ropero y pasó la tarde entera viéndolas.
Lo que daría por haber estado ahí, observándolo, registrándolo todo. Lo imagino mirando cada foto con cuidado. Su cabello ahora blanco, sus manos gruesas y cálidas, reconociendo a algunos, emocionándose con otros. La tarde azul por la lluvia, la caja azul también. La radio de fondo. Me hubiera gustado ser invisible, estar en una esquina con mi cámara, filmando al tío, intentando atrapar la atmósfera de ese momento.
Sobre mi
Soy Josefina, nací en agosto de 1995 en la melancólica ciudad de Rocha, Uruguay. Hoy vivo en La Pedrera. Las historias de mi familia y su vida en el campo, han sido faros que han iluminado mi camino desde pequeña.
Crecí rodeada de la sabiduría de tías, tíos abuelos y abuelas que vivieron en el campo, cerca de la ciudad. De alguna manera, pertenezco a esos lugares que ellos habitaron y que luego me transmitieron a través de relatos que siempre he atesorado. Cada visita, cada historia me transportaba a esas épocas, ya sea entre las chacras de sandías del tío Romeo o en la cocina, compartiendo mates con mi abuela. Aunque el tiempo pasa y algunos ya no están, su legado sigue vivo, coloreando mi memoria.
Durante años busqué mi vocación en Montevideo, pero la encontré en Piriápolis, cuando estudié Lenguajes y Medios Audiovisuales. Descubrí en el registro documental una forma casi perfecta de volver a esas historias una y otra vez. Viví en distintos rincones de Maldonado y tuve la suerte de conocer otras partes del mundo, pero una nostalgia cada vez más fuerte me recordó de dónde vengo y me empujó a rescatar lo que amenazaba con perderse.
Vitalicia no solo nace para cuidar mis recuerdos y el nuestro como colectivo, sino también para seguir creando nuevas memorias que nutran nuestra comunidad.
Recuerda, crea recuerdos como refugios.
Josefina